martes, 10 de marzo de 2009

Luis Alonso Ávila: Fragmento de una tarde con lluvia

Foto Estudio Martínez: Vista panorámica de El Olvido


Capítulo I

Rubén Black

Rubén Black es uno de los personajes de Memoria de El Olvido. Nació en Ajuterique, Comayagua, el 12 de enero de 1964. Sus padres se vieron obligados a trasladarse a El Olvido en el año 1974, después de perder sus propiedades a causa del Huracán Fifí. Estudió Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, carrera que dejó para dedicarse a los negocios que le heredara su padre. El siguiente fragmento es uno de sus trabajos literarios realizados en su época de estudiante universitario, con algunas adaptaciones para actualizarlo.

Con Jorge Martínez Mejía fuimos compañeros, amigos, en ese bello lugar al que Luís Alonso Ávila, ha dado el nombre de El Olvido. Juntos conocimos miles de situaciones que marcaron nuestra vida, miles de situaciones que nadie jamás recordará porque quedaron ahí. Jugamos en la selección de la escuela, en el Deportivo Tiburón, en el Deportivo Olimpic; nos gustaron las mismas cipotas, pero quizás ninguno de los personajes ha estado más cerca de El Olvido que Luís Alonso Ávila, autor de este libro, y sin embargo, este libro es la memoria de todo un pueblo, de un pueblo muerto y disperso, patético, iluso y triste. El Olvido ha sido uno de los pueblos más dotado de riqueza y belleza. Sus minas, su paisaje, su tierra tan apta, el clima, el lago y la hermosa montaña de Montecillos. Yo también, al igual que Luís Alonso Ávila y Jorge Martínez Mejía, he escuchado las voces de El Olvido perdidas en esta memoria, confundidas con mi propia voz y no he dejado de encontrarme en ellas. Yo también oigo los pasos de Botella, Alacrán y Puñalito corriendo mientras huyen hacia la montaña sagrada. Ahí, en el corazón de esa montaña me encontré una vez conmigo, al final, cuando escapé del Clase Moncada, una noche lluviosa…

Fragmento de una tarde con lluvia

-¿Hiciste? preguntó el Clase Moncada con un poco de sorna. Sí, contesté. El pájaro había saltado antes, cuando me miró enderezarme, antes de que abriera la puerta. Miré hacia atrás, más atrás del retrete, donde la espesa vegetación no permitía ver la montaña. La mano ganchuda del Clase Moncada me cogió por el brazo y me condujo por el sendero húmedo y estrecho. Algunas flores habían crecido debajo del tragaluz, a la sombra del ancho tabique de tejas. Las miré de frente procurando conservar los colores. Los goterones de la lluvia habían levantado pequeños promontorios de cascajos y en los surcos se habían formado unos charquitos de agua zarca. Los helechos surgían de la base misma del bajareque y el musgo, de un color verdoso y amarillento, se elevaba hasta la mitad de las paredes garabateando coronas o diamantes de largos y dentados cordones. Crecía en forma ascendente devorando la humedad, bregando con las hojas de los helechos que no cesaban de mecerse. Vi los brazos del musgo y el tierno color de los helechos recién brotados. El Clase Moncada me llevaba a penas sostenido, sin presión. Sentí los dedos que casi me envolvían el brazo, ciñéndome con suavidad, pero empujándome de manera autoritaria, haciéndome mantener el paso sin precipitación. El Clase Moncada se adelantó a empujar la puerta que cedió con el acostumbrado quejido. Adentro, el cuadro de luz se extinguía. El golpe violento de la puerta me puso sin transición en la penumbra, pero seguí viendo la claridad. Era un resplandor persistente aún con los ojos cerrados. La opacidad me fue cubriendo, y al abrir los ojos, miré el cuadro en el piso, más reluciente. Me acerqué al tragaluz y parándome en el catre, respiré el vaho procedente de la parte trasera. Las florecillas y el musgo soltaban un aroma vagamente dulce y taciturno. Vi los matorrales cercanos y la espesura distante. El rumor sordo del aire me dio de lleno en los ojos. Está lejos, dije. Me acuclillé lentamente en el catre, apoyando la espalda contra la pared endurecida y fresca. Seguía viendo el verde de los matorrales cercanos y el espeso bosque que cubría la montaña. El cuadro del piso se movía pestañando, como las aguas de un pozo. Percibía la tranquilidad, el vaho encerrado, el olor envejecido del polvo, y el silencio. Pero no miraba ni olía nada... Mi memoria permanecía fija en los matorrales, en el pequeño sendero que moría en el retrete, y en el color del bosque. El vaho del musgo reptaba por la humedad de la pared, se asomaba al tragaluz y descendía por la grieta del bajareque intentando llenar la habitación. Pero el pequeño arroyo de aromas encontraba en la tibieza del catre un dique en el que se concentraba formando un remanso, entonces me inundaba el rostro, limpiándolo del encerrado olor del polvo. Yo miraba el sendero muriendo en el retrete y el aroma verde confundido en la humedad. Hilos líquidos, transparentes, descendían por los tallos de los helechos. Florecillas temblorosas, hojas con luminosas gotas de agua cayendo en la hierba, crujido de tallos secos, pasos apresurados, corteza, humedad en los árboles, olor verde, hojas estrujadas, espejeantes arroyos cruzados de pronto, árboles, vuelos de pájaros asustados y ruidosos sobre los matorrales, olor de hojas podridas, destellos, salto sobre las rocas, jadeo, otra vez árboles y árboles, hojas, cielo brillante, animales nerviosos reptando en los troncos, matorrales, sudor, jadeo, arroyo, destellos, pájaros, tallos crujientes, cerco de árboles, infinitos y húmedos, silbidos, musgo, montañas. Arriba un techo de hojas apenas dejaba filtrar la luz del cielo. Sin moverme, con los ojos entornados percibía el aire filtrado por el tragaluz, escuchaba el fino silbido merodeando la ranura inferior de la puerta. Permanecía con el recuerdo del sendero. Recordé que estaba viendo la pared pardusca y descascarada. Recorrí con una mirada rápida las estrechas paredes y observé que el cuadro del piso se había acercado a la puerta. Afuera, cierta languidez había apagado el brillo de las hojas y algunos goterones caían cerca de los promontorios de los cascajos. No había más ruido que el chasquido de los goterones. Podría permanecer con las manos pegadas a la pared, o escuchar el roce de los helechos sobre el musgo, o los grillos que iniciaban su trino con la muerte del cuadro. Podría quedarme viendo la luz muerta de la tarde, o, colgado de los gruesos barrotes del tragaluz, mirando, uno a uno, los goterones y los cascajos recién lavados. Miraba la puerta esperando el ruido. Llevaba los brazos extendidos en dirección a la puerta donde aún titilaba la luz. Mis ojos entornados y mis brazos sonámbulos buscaban los puntos oscuros convertidos en diminutos charcos de sombra. Sé que me detuve sin tocarlos. Esperé con los brazos extendidos como quien espera ante una caverna ensombrecida de pronto. Ahí nos encontramos con Botella, Alacrán y Puñalito, en ese espacio imaginario en que estuvimos presos. Con ellos, con sus manos abiertas y ásperas empezamos a escribir nuestras memorias. Casi no recordamos todo lo que pasó. Los rostros que vimos y que amamos han desaparecido, los rostros feos, las mujeres que nos hicieron hombres, las mujeres que nos salvaron la vida desaparecieron. Luís Alonso Ávila se ha tomado el costo de recordar un poco y nos ha entregado esta Memoria de El Olvido. Hay tantas cosas que apenas soñamos, muertos del frío, debajo de la lluvia torrencial de octubre.

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