Imagen de Bianca van der SerfLa visita
Cuando los niños trajeron al pequeño gorila a casa, su zarepé a penas tenía pelo. Era similar al Pingüiñoño (La Mona) que Karen me había regalado en nuestra primera cita, cuando desafortunadamente la dejé esperándome mucho tiempo y por lo que tuve que pedirle disculpas infinidad de veces. Era una tarde en la que no recuerdo por qué tuve que quedarme en casa. Sólo estábamos la trabajadora (una mujer de origen lenca); Ángel, el pequeño chimpancé de siete meses; y yo, releyendo la entrevista que Elena Poniatowska le hiciera a Octavio Paz. Para ella Octavio Paz era el heredero auténtico, la encarnación de Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Quevedo, San Juan de la Cruz, Lope de Vega; un Narciso contemporáneo, un Dionisos, la palabra poesía hecha hombre. En fin, leía con esa sonrisa de sorna que normalmente me producen las lisonjas sobrehumanas, retirado del bullicio. De pronto, la santa disposición del silencio se esfumó, la parsimonia de la tarde comenzó a temblequear con la caravana de niños que se acercaba estremeciendo la hierba que se esforzaba en medio de la sombra de la empalizada. Me incorporé y desde lejos vi que se trataba de algo inusual, su sorpresa y la cara de estúpidos que tenían muchos de ellos, unos veinticinco aproximadamente. Al fin llegaron. Yo los esperaba en la entrada de la estancia.
- ¿Y esto?
- Lo dejaron botado los del circo. No se lo quisieron llevar.
- ¿Y por qué lo traen aquí?
- Porque a ustedes les gustan los monos…
El gorilete se me quedó mirando con una mirada débil, pero en el fondo de la pupila le hormigueaba una luz infame.
- No es malo, pero creemos que ustedes aquí tienen comida para monos y si se enferma lo pueden curar. Eso nos dijo el profesor de Sociales.
Los pobres niños se notaban en apuro, como queriendo hacer una obra de beneficencia. Estaba frente a una pequeña asamblea infantil haciéndome una petición pública. Está bien, les dije, pónganlo ahí, cerca de Ángel.
Lo dejaron en el suelo, en la pequeña plataforma de cemento donde Ángel, tranquilamente, se mondaba las uñas.
Los niños hicieron un gesto y se fueron por donde habían venido. El gorilita anónimo no se sentó, quedó parado, erecto, con los enormes brazos casi arrastrando, pero en una pose extrovertida, sin timidez, casi dominante. Volteaba el rostro escudriñando todo. La luz de la tarde se iba haciendo cada vez más débil y en la estancia sólo se escuchaba el tintineo de la cocina. Un poco más cerca, en la mecedora, observaba al recién llegado. La comedia estaba a punto de comenzar. Yo no tenía ningún interés en iniciarla, observaba al pequeño mono que se paseaba con las manos atrás escudriñando la casa y viendo ocasionalmente el plato de comida que Juana había puesto en una mesita. El demiurgo estaba ahí. El mago de la mirada, de la química y la historia. Algo iba a suceder en cualquier momento y yo estaba listo para no perdérmelo. La luz caía suave sobre el zarepé desnudo del pequeño gorilín. Esclavo de la mirada, del tablado hecho de cemento, del ruido a penas discordante de las manos de Juana en la cocina. Octavio Paz en sus conferencias y su poesía sin sentimiento, libre de la pasión visceral. Los ruidos nocturnos comenzaron a caer. El gorilete se fue acercando a la luz. Juana, alcanzándome la taza de café, me dijo: “Yo creí que tenían pelo en el culo”. En la infame luz de los ojos de la visita se dibujó un poco de vergüenza.
Hacia arriba es más oscuro
Me dediqué a matarte, a deshojar tu leyenda. Vi a los jóvenes, a los pequeños sansones y a los médicos aporrearte. Todos te lanzaron a la oscuridad, al frío intolerable, al risco donde un pájaro hembra enumeraba tus gritos. Cuando caías estuve más atento que de costumbre sólo para ver si de los huesos rotos se levantaba algo, y sólo el ruido, el chasquido, el eco infame del dolor te repetía. Me dediqué a matarte. En lo más oscuro de la hondonada, volví a verte, en clara alusión a mi antigua mitad. Hacia arriba era más oscuro, y una suerte de silbido husmeaba otra vez, como al principio.
Lo bello muere
No sólo cambia lo bello, también muere, cae de costado sobre el fango. Lo otra vez alguien hizo sopa casera y era hermoso el trébol blanco posando como una hoja de arce sobre el agua tibia y picante; ambulaba solitario, caminante pensativo. Lo bello es incendiar un lago, yacer sepultado en la alfalfa con un balazo en la frondosa higuera. Prueba otra vez cuando todos creamos y será distinto.
Lo bello muere o cambia de lugar y es un lagarto de amables cactus debajo de la almohada.
Encuentra ese momento y devuélvelo al aire, hecho ceniza.
No sólo cambia lo bello, también muere, cae de costado sobre el fango. Lo otra vez alguien hizo sopa casera y era hermoso el trébol blanco posando como una hoja de arce sobre el agua tibia y picante; ambulaba solitario, caminante pensativo. Lo bello es incendiar un lago, yacer sepultado en la alfalfa con un balazo en la frondosa higuera. Prueba otra vez cuando todos creamos y será distinto.
Lo bello muere o cambia de lugar y es un lagarto de amables cactus debajo de la almohada.
Encuentra ese momento y devuélvelo al aire, hecho ceniza.
OLá,
ResponderSuprimirdepois de algum tempo afastado, passando para te visitar, te ler e desejar um final de ano repleto de paz e alegria!
Que 2010 seja um ano primoroso e cheio de venturas... que possam se tornar possíveis todas as tuas aspirações.
GRANDE E FORTE ABRAÇO! LINDAS FESTAS!
daufen bach.